Capítulo I

I

El hombre que se llama Borja cruza la calle y es sacudido por una ráfaga de aire que le alza el cuello de la gabardina. Tiene la ropa y el pelo empapados, pues la lluvia le ha sorprendido justo unos instantes después de que él saliera del cine de la calle Goya. El ritmo de sus pasos es continuo y rápido, quizá demasiado si se considera que nadie le está esperando, ni tiene prisa por llegar a ningún sitio. La lluvia no parece importarle, y por su cabeza no le ha pasado, ni aun remotamente, la posibilidad de enfermar de una posible pulmonía. Se adentra en el barrio viejo, lanzando esporádicas miradas a las casonas que, de noche, con la tenue iluminación, disimulan su mal estado de conservación. Cuando atraviesa el casco viejo siente una especie de alivio, aunque no sabe a qué atribuirlo. Baja por la rambla hasta el río y entonces lo ve, parado frente a él, en la acera opuesta, a punto de cruzar el mismo paso de peatones en el que se encontraba detenido, esperando la luz verde. Durante un instante incierto cree haber sido visto, y piensa que no cabe escapatoria posible, que el miedo lo forzará a permanecer allí, anclado, como si estuviese siendo presa de un hechizo. No sabe qué hacer, y aún tarda unos segundos en reaccionar, aunque actúa con torpeza. Se da la vuelta bruscamente, justo cuando el semáforo se abre, y se da de bruces contra un anciano. Sin que medie una disculpa por su parte, reanuda su marcha con prisa, y recibe toda serie de imprecaciones de aquel viejo a quien ha atropellado. Se pregunta si habrá sido reconocido, y le resulta casi imposible imaginar que haya pasado inadvertido. Acelera aún más el paso, aunque sabe que si echa a correr, llamará aún más la atención. Siente que un par de ojos están siguiéndole con su mirada, es más, siente acechar el peligro como no lo había sentido nunca antes, y no sabe qué puede hacer. El corazón le late con fuerza, y no se atreve a volverse para comprobar si lo están siguiendo. Es el propio miedo el que guía sus pasos de forma caprichosa, casi aleatoria, haciéndole girar en cada esquina sin elegir un criterio lógico: así unas veces busca las calles más concurridas, mientras que otras, se adentra por las más solitarias. Finalmente se detiene en un bar y opta por entrar. Por momentos cree que allí se encontrará a salvo, pero también experimenta ráfagas de vacilación y una fuerza que supera su voluntad le dice que debe salir de allí cuanto antes. Se sienta en un taburete al fondo de la barra, pide una cerveza y se la bebe a tragos largos, con avidez. Casi de seguido se toma una segunda y una tercera cerveza que bebe con idéntica ansia. El camarero le observa con una mezcla de curiosidad e impertinencia. Ha bebido tan aprisa que el alcohol se le sube pronto a la cabeza, y comienza a marearse. No deja de mirar hacia la entrada del bar, para cerciorarse de que él no está ahí vigilando, esperándole. Al fin se levanta y paga, pero al ponerse en pie nota una ligera sacudida, como un temblor que nace de las piernas y le recorre el espinazo hasta golpearle en la cabeza. Aturdido aún, se da cuenta de que el alcohol no ha mejorado su estado de ánimo, antes al contrario, lo ha vuelto más susceptible. Sale del bar mirando a ambos lados. Se tranquiliza momentáneamente al comprobar que no hay nadie. Comienza a caminar tratando de orientarse, pues no sabe exactamente dónde está. Sigue recto por una calleja estrecha y poco iluminada, y al final se da cuenta de que ha acabado volviendo al río. Decide cruzar por el puente y a medio camino se detiene, pues ha sentido un retortijón en el estómago. Procura contener la primera arcada, pero no logra dominar la segunda y acaba por vomitar en el río. Tras haber vaciado su estómago, se siente más aliviado, pero no más tranquilo. Se vuelve y entonces ve de reojo a alguien que se ha detenido a unos pocos metros de él. Cuando lo reconoce, da un salto hacia atrás, pero se queda inmóvil. Sabe que no puede huir. Sus piernas le flaquean y carece de fuerzas para echar a correr. El hombre lo mira sin mover ni un músculo, con las manos metidas en los bolsillos de la gabardina, aguardando no se sabe bien qué. Finalmente, Borja se apoya en la balaustrada del puente, de espaldas al río. El otro avanza despacio, con las manos todavía en los bolsillos. La luna ilumina su rostro dejándolo ver con nitidez. Borja le observa con detenimiento y permanece estático. El hombre se detiene justo enfrente de Borja. Saca una mano del bolsillo y se coloca un cigarrillo en la boca. Con la misma mano, rebusca en su bolsillo, hasta dar con el encendedor. Al prender el cigarrillo, su cara cobra un brillo nuevo, y a Borja le parece que, por un instante, toda su figura se ha quedado a contraluz, y eso le hace recordar la película de John Wayne que ha visto esa misma tarde. Es curioso, piensa, la misma obstinación que John Wayne, y entonces nota como si todo aquel miedo de un momento antes se hubiese desvanecido o, para ser más exactos, como si ese miedo no hubiera existido nunca. Los hombres se miran y Borja piensa, ya no puedo huir, ya no pienso huir. Toda su vida ha estado huyendo de sus propios fantasmas y cree que ahora ha llegado ese momento en que todo hombre debe hacer frente a sus fobias, o acabará transformado en un pelele pusilánime. No tiene sentido continuar así, piensa. Ya sólo puede esperar.
            El rostro de Borja mostraba un agotamiento extremo. Su cuerpo adquirió una quietud desmayada cuando dijo:
            — Así que eres tú. Por fin nos encontramos.
            Él mismo se sorprendió de la firmeza de su voz al pronunciar estas palabras, una entereza aquella que acaso denotaba una intensa e inconcebible energía nacida de algún lugar recóndito de su ser, pero Borja sospechaba que era, al mismo tiempo, una fuerza vana, inane, desprovista de sentido. La mano del otro se había inmovilizado por encima de la gabardina. Los dos hombres se contemplaron desde ambos lados del puente. La tenue columna de humo del cigarrillo ascendía formando espirales delante del rostro del hombre, lo que le obligó a torcer la mitad de la cara, creando momentáneamente la apariencia de una máscara tallada en dos expresiones simultáneas.
            — De modo que así ha de terminar todo esto —musitó Borja como hablando consigo mismo, sin esperar respuesta, hablando sólo por hablar, con la conciencia enturbiada que poseen los condenados a muerte.
            El hombre lo miraba con la cabeza ladeada, fumando con las manos metidas en los bolsillos de la gabardina, con una apariencia de calma que era lo que más exasperaba a Borja.
            — ¿Por qué has de matarme, dime? ¿Acaso no ha terminado todo ya? Mi muerte no solucionará nada. Mañana me iré y no volveréis a saber de mí —dijo Borja con rabia.
            El otro habló entonces, con el cigarrillo pendiendo de la boca, sin alterar su posición.
      ¿Y eso qué importa?
            — ¿Que qué importa? Todo importa en estas circunstancias, ¿no crees? Supongo que no puedo evitar el mal que ya os he causado, pero ¿de qué os servirá mi muerte? Mañana lo habréis olvidado. Cualquiera habría olvidado mucho antes.
            — ¿Olvidar? —dijo el hombre con voz ronca, dando una última chupada al cigarrillo antes de arrojarlo al río—. Ya sabe que nadie olvida. No es una cuestión de memoria.
            Borja lo vio avanzar y se preparó. Aquello, supuso, era el fin.